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Prólogo de Fidel al Diario del Che

Una introducción necesaria

Noviembre 7, 1966 a octubre 7, 1967

Era costumbre del Che en su vida guerrillera anotar cuidadosamente en un Diario personal sus observaciones de cada día. En las largas marchas por terrenos abruptos y difíciles, en medio de los bosques húmedos, cuando las filas de los hombres, siempre encorvados por el peso de las mochilas, las municiones y las armas, se detenían un instante a descansar, o la columna recibía la orden de alto para acampar al final de fatigosa jornada, se veía al Che —como cariñosamente lo bautizaron desde el principio los cubanos— extraer una pequeña libreta y con su letra menuda y casi ilegible de médico, escribir sus notas.

Lo que pudo conservar de esos apuntes le sirvió luego para escribir sus magníficas narraciones históricas de la guerra revolucionaria en Cuba, llenas de contenido revolucionario, pedagógico y humano.

Esta vez, gracias a aquel invariable hábito suyo de ir anotando los principales hechos de cada día, podemos disponer de una información pormenorizada, rigurosamente exacta e inapreciable de aquellos heroicos meses finales de su vida en Bolivia.

Esas anotaciones, no escritas propiamente para la publicación, le servían como instrumento de trabajo para la evaluación constante de los hechos, las situaciones y los hombres, a la vez que daban cauce a las expresiones, de su espíritu profundamente observador, analítico, y muchas veces matizado de fino humorismo. Están sobriamente redactadas y poseen ininterrumpida coherencia desde el principio hasta el fin.

Téngase en cuenta que fueron escritas en los ratos escasísimos de descanso, en medio de épico y sobrehumano esfuerzo físico y de sus agotadoras obligaciones como jefe de un destacamento guerrillero en la difícil etapa de los comienzos de una lucha de esta naturaleza, que se desenvolvía en condiciones materiales increíblemente duras, lo que revela una vez más su estilo de trabajo y su voluntad de hierro.

En este Diario, al analizar en detalle los incidentes de cada día, se hacen constar faltas, críticas y recriminaciones que son propias e inevitables en el desarrollo de una guerrilla revolucionaria.

En el seno de un destacamento guerrillero esas críticas se tienen que producir incesantemente, sobre todo en la etapa en que está constituido sólo por un pequeño núcleo, enfrentados a condiciones materiales sumamente adversas y a un enemigo infinitamente superior en número, cuando el menor descuido o la más insignificante falta pueden resultar fatales y el jefe debe ser exhaustivamente exigente, a la vez que utilizar cada hecho o episodio, por insignificante que parezca, para educar a los combatientes y futuros cuadros de los nuevos destacamentos guerrilleros.

El proceso de formación de la guerrilla es un incesante llamado a la conciencia y al honor de cada hombre. El Che sabía tocar las fibras más sensibles de los revolucionarios. Cuando Marcos, reiteradamente amonestado por el Che, fue advertido de que podía ser expulsado deshonrosamente de la guerrilla, respondió:

“¡Antes fusilado!” Más adelante dio su vida heroicamente. Similar fue el comportamiento de todos los hombres en los que puso su confianza y a los cuales se vio en la necesidad de amonestar por alguna u otra causa en el transcurso de la lucha. Jefe fraternal y humano sabía también ser exigente y en ocasiones severo; pero lo era en primer lugar y en mayor grado que con los demás, consigo mismo. Che basaba la disciplina en la conciencia moral del guerrillero y en la fuerza tremenda de su propio ejemplo.

El Diario contiene también numerosas referencias a Debray y evidencian la enorme preocupación que suscitó en el Che el arresto y encarcelamiento del escritor revolucionario a quien había encomendado una misión en Europa, aunque en el fondo habría deseado que aquél permaneciera en la guerrilla. Por eso manifiesta cierta inconformidad, y en ocasiones algunas dudas, sobre su comportamiento.

Che no tuvo posibilidad de conocer la odisea vivida por Debray en las garras de los cuerpos represivos y la actitud firme y valerosa mantenida por éste ante sus captores y torturadores.

Destacó, sin embargo, la enorme importancia política del proceso, y, el 3 de octubre, seis días antes de su muerte, en medio de amargos y tensos sucesos, consigna: “Se escuchó una entrevista de Debray muy valiente frente a un estudiante provocador”, siendo ésta su última referencia al escritor.

Como en este Diario la Revolución Cubana y sus relaciones con el movimiento guerrillero aparecen reiteradamente señaladas, algunos pudieran interpretar que su publicación por nuestra parte constituye un acto de provocación que dará argumentos a los enemigos de la Revolución y a los imperialistas yanquis y sus aliados, los oligarcas de América Latina, para redoblar sus planes de bloqueo, aislamiento y agresión a Cuba.

A los que así juzgan los hechos, es bueno recordarles que el imperialismo yanqui no ha necesitado nunca de pretextos para perpetrar sus fechorías en cualquier lugar del mundo y que sus esfuerzos para aplastar la Revolución Cubana se iniciaron desde la primera ley revolucionaria promulgada en nuestro país, por el obvio y conocido hecho de que ese imperialismo es el gendarme de la reacción mundial, promotor sistemático de la contrarrevolución y protector de las estructuras sociales más retrógadas e inhumanas que subsisten en el mundo.

La solidaridad con el movimiento revolucionario puede ser tomada como pretexto, pero nunca será la causa de las agresiones yanquis. Negar la solidaridad para negar el pretexto es ridícula política de avestruz, que nada tiene que ver con el carácter internacionalista de las revoluciones sociales contemporáneas. Dejar de solidarizarse con el movimiento revolucionario no es negarle un pretexto sino solidarizarse de hecho con el imperialismo yanqui y su política de dominio y esclavización del mundo.

Cuba es un pequeño país de economía subdesarrollada, como todos los que fueron durante siglos dominados y explotados por el colonialismo y el imperialismo, situada sólo a 90 millas de las costas de Estados Unidos, con una base naval yanqui en su propio territorio, que se enfrenta a numerosos obstáculos por llevar a cabo su desarrollo económico-social. Grandes peligros se han cernido sobre nuestra Patria desde el triunfo de la Revolución, pero no por ello conseguirá el imperialismo doblegarla, sin que deban importarnos las dificultades que una línea revolucionaria consecuente pueda conllevar.

Desde el punto de vista revolucionario la publicación del Diario del Che en Bolivia no admite alternativa. El Diario del Che quedó en poder de Barrientos, que de inmediato entregó copia a la CIA, al Pentágono y al gobierno de Estados Unidos. Periodistas allegados a la CIA tuvieron acceso al documento en la propia Bolivia y sacaron copias fotostáticas del mismo, aunque con el compromiso de abstenerse, por el momento, de publicarlo.

El gobierno de Barrientos y los más altos jefes militares tienen sobradas razones para no publicar el Diario, donde se puede constatar la inmensa incapacidad de su ejército y las incontables derrotas que sufrieron en manos de un puñado de guerrilleros decididos que en unas pocas semanas le arrebató en combate cerca de doscientas armas.

Che describe además a Barrientos y su régimen en los términos a que es acreedor con palabras que no podrán borrarse de la historia.

Por otro lado, el imperialismo tenía también sus razones: Che y su ejemplo extraordinario cobran fuerza cada vez mayor en el mundo. Sus ideas, su retrato, su nombre, son banderas de lucha contra las injusticias entre los oprimidos y los explotados y suscitan interés apasionado entre los estudiantes y los intelectuales de todo el mundo.

En los propios Estados Unidos el movimiento negro y los estudiantes progresistas, que son cada vez más numerosos, han convertido en algo suyo la figura del Che. En las manifestaciones más combativas por los derechos civiles y contra la agresión a Vietnam, sus retratos son esgrimidos como emblemas de lucha. Pocas veces en la historia, o tal vez nunca, una figura, un nombre, un ejemplo, se han universalizado con tal celeridad y apasionante fuerza. Es que el Che encarna en su forma más pura y desinteresada el espíritu internacionalista que caracteriza al mundo de hoy y cada vez al de mañana.

De un continente oprimido ayer por las potencias coloniales, explotado hoy y mantenido en el retraso y en el subdesarrollo más inicuo por el imperialismo yanqui, surge esa singular figura que se convierte en aliento universal de lucha revolucionaria hasta en las propias metrópolis imperialistas y colonialistas.

Los imperialistas yanquis temen la fuerza de ese ejemplo y todo lo que pueda contribuir a divulgarlo. Es el valor intrínseco del Diario, expresión viva de una personalidad extraordinaria, lección guerrillera escrita al calor y la tensión de cada día, pólvora inflamable, demostración real de que el hombre latinoamericano no es impotente frente a los esclavizadores de pueblos y sus ejércitos mercenarios, lo que les ha impedido hasta hoy darlo a la publicidad.

Pudieran estar también interesados en que este Diario no se conociera nunca. Los seudorrevolucionarios, oportunistas y charlatanes de toda laya, que autoconceptuándose marxistas, comunistas y otros títulos por el estilo, no han vacilado en calificar al Che de equivocado, aventurero, y cuando más begnignamente, idealista, cuya muerte es el canto de cisne de la lucha armada revolucionaria en América Latina. “¡Si el Che —exclaman—, máximo exponente de esas ideas y experimentado guerrillero, fue muerto en las guerrillas y su movimiento no liberó a Bolivia, eso demuestra cuán equivocado estaba...!” ¡Cuántos de estos miserables se habrán alegrado de la muerte del Che, sin sonrojarse siquiera de pensar que sus posiciones y razonamientos coinciden por entero con los de los oligarcas más reaccionarios y el imperialismo!

De este modo se justifican a sí mismos, o justifican a dirigentes traidores que en determinado momento no vacilaron en jugar a la lucha armada con el verdadero propósito —según se pudo ver luego— de destruir a los destacamentos guerrilleros, frenar la acción revolucionaria e imponer sus vergonzosas y ridículas componendas políticas, porque eran absolutamente incapaces de ninguna otra línea; o a los que no quieren combatir, ni combatirán jamás, por el pueblo y su liberación y han caricaturizado las ideas revolucionarias haciendo de ellas opio dogmático sin contenido ni mensaje a las masas, y convertido las organizaciones de lucha del pueblo en instrumentos de conciliación con los explotadores internos y externos, y propugnadoras de políticas que no tienen nada que ver con los intereses reales de los pueblos explotados en este continente.

Che contemplaba su muerte como algo natural y probable en el proceso y se esforzó en recalcar, muy especialmente en sus últimos documentos, que esa eventualidad no impediría la marcha inevitable de la revolución en América Latina. En su mensaje a la Tricontinental reiteró ese pensamiento: “Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo... En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas”.

Se consideró a sí mismo soldado de esa revolución, sin preocuparle en absoluto sobrevivir a ella. Los que ven en el desenlace de su lucha en Bolivia el fracaso de sus ideas, con el mismo simplismo pudieran negar la validez de las ideas y las luchas de todos los grandes precursores y pensadores revolucionarios, incluidos los fundadores del marxismo, que no pudieron culminar la obra y contemplar en vida los frutos de sus nobles esfuerzos.

En Cuba, ni la muerte en combate de Martí y de Maceo, a las que siguió más tarde la intervención yanqui cuando finalizaba la Guerra de Independencia, frustrando en lo inmediato el objetivo de sus luchas, ni la de brillantes propugnadores de la revolución socialista como Julio Antonio Mella, asesinado por agentes al servicio del imperialismo, pudieron impedir a la larga el triunfo de un proceso que comenzó hace cien años, y nadie en absoluto podría poner en duda la profunda justeza de la causa y la línea de lucha de aquellos próceres, ni la vigencia de sus ideas esenciales que inspiraron siempre a los revolucionarios cubanos.

En el Diario del Che se pueden apreciar cuán reales eran sus posibilidades de éxito y cuán extraordinario el poder catalizador de la guerrilla, como él consigna en sus apuntes. En cierta ocasión, ante los evidentes síntomas de debilidad y rápido deterioro del régimen boliviano, expresó: “El gobierno se desintegra rápidamente, lástima no tener cien hombres más en este momento”.

Che conocía por su experiencia en Cuba cuántas veces nuestro pequeño destacamento guerrillero estuvo a punto de ser exterminado. Pudo ocurrir así en dependencia casi absoluta de los azares e imponderables de la guerra, mas, tal eventualidad, ¿habría dado a nadie el derecho a considerar errónea nuestra línea y tomarla además como ejemplo para desalentar a la revolución e inculcar en los pueblos la impotencia? ¡Muchas veces en la historia los procesos revolucionarios estuvieron precedidos de episodios adversos! Nosotros en Cuba, ¿no tuvimos acaso la experiencia del Moncada apenas seis años antes del triunfo definitivo de la lucha armada del pueblo?

Para muchos, entre el 26 de julio de 1953, ataque al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, y el 2 de diciembre de 1956, desembarco del “Granma”, la lucha revolucionaria en Cuba frente a un ejército moderno y bien armado carecía de toda perspectiva y la acción de un puñado de luchadores era vista como quimera de idealistas e ilusos “que estaban profundamente equivocados”. La derrota aplastante y la dispersión total del inexperto destacamento guerrillero el 5 de diciembre de 1956 pareció confirmar por entero los pesimistas augurios... Pero, sólo 25 meses después, los restos de aquella guerrilla habían desarrollado ya la fuerza y experiencia necesarias para aniquilar aquel ejército.

Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en todas las circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la libertad. El Che no sobrevivió a sus ideas, pero supo fecundarlas con su sangre. Con toda seguridad sus críticos seudorrevolucionarios, con su cobardía política y su eterna falta de acción, sobrevivirán a la evidencia de su propia estupidez.

Es notable, como se verá en el Diario, que uno de esos especímenes revolucionarios que ya van siendo típicos en América Latina, Mario Monje, esgrimiendo el título de Secretario del Partido Comunista de Bolivia, pretendió discutirle al Che la jefatura política y militar del movimiento. Y puesto que alegó, además, el propósito de renunciar previamente para ello a su cargo partidista, a su juicio, por lo visto, le bastaba el título de haberlo sido para reclamar tal prerrogativa.

Mario Monje, por supuesto, no tenía ninguna experiencia guerrillera ni había librado jamás un combate, sin que por otro lado su autoconceptuación de comunista lo obligase siquiera a prescindir del grosero y mundano chovinismo que ya habían logrado superar los próceres que lucharon por la primera independencia.

Con semejante concepto de lo que debe ser la lucha antimperialista en este continente, tales “jefes comunistas” no han rebasado siquiera el nivel internacionalista de las tribus aborígenes que sojuzgaron los colonizadores europeos en la época de la conquista.

Así, el jefe del Partido Comunista de un país que se llama Bolivia, y su capital histórica, Sucre, en honor de sus primeros libertadores que eran venezolanos uno y otro, que tuvo la posibilidad de contar para la definitiva liberación de su pueblo con la cooperación del talento político, organizador y militar de un verdadero titán revolucionario, cuya causa por demás no se limitaba a las fronteras estrechas, artificiales e incluso injustas de ese país, no hizo otra cosa que entrar en vergonzosos, ridículos e inmerecidos reclamos de mando.

Bolivia, por no tener salida al mar necesita más que ningún otro país, para su propia liberación, sin tener que exponerse a un atroz bloqueo, del triunfo revolucionario de los vecinos. Che era, además, por su prestigio enorme, su capacidad y su experiencia, el hombre que habría podido acelerar ese proceso.

Che había establecido relaciones con dirigentes y militantes del Partido Comunista boliviano, desde antes de producirse en el mismo la escisión, recabando de ellos la ayuda para el movimiento revolucionario en América del Sur. Algunos de esos militantes, autorizados por el Partido, trabajaron con él durante años en diversas tareas. Al producirse la escisión en dicho Partido, se creó una situación especial puesto que varios militantes de los que habían estado trabajando con él quedaron ubicados en uno u otro grupo. Pero Che no concebía la lucha en Bolivia como un hecho aislado sino como parte de un movimiento revolucionario de liberación que no tardaría en extenderse a otros países de América del Sur. Era su propósito organizar un movimiento sin espíritu sectario, para que a él se incorporasen todos los que quisieran luchar por la liberación de Bolivia y demás pueblos sojuzgados por el imperialismo en América Latina. Pero en la fase inicial de preparación de la base guerrillera venía dependiendo fundamentalmente de la ayuda de un grupo de valiosos y discretos colaboradores que al producirse la escisión habían permanecido en el Partido de Monje. Fue por deferencia con ellos que invitó, en primer término, a éste, a visitar su campamento, aunque ciertamente no experimentaba hacia él ninguna simpatía. Después invitó a Moisés Guevara, líder minero y político que se había separado de aquel Partido para cooperar en la formación de otra organización, y que luego también se había marginado de ella inconforme con Oscar Zamora, otro Monje que hacía algún tiempo se había comprometido con el Che a trabajar en la organización de la lucha armada guerrillera en Bolivia, rehuyendo después los compromisos y cruzándose cobardemente de brazos a la hora de la acción, para convertirse con posterioridad a su muerte en uno de sus más venenosos críticos, en nombre del “marxismo-leninismo”. Moisés Guevara se unió sin vacilación al Che, como le había ofrecido desde mucho antes de que éste llegara a Bolivia, le brindó su apoyo y entregó su vida heroicamente a la causa revolucionaria.

Otro tanto hizo el grupo de guerrilleros bolivianos que había permanecido hasta entonces en la organización de Monje. Dirigidos por Inti y Coco Peredo, que después demostraron ser valerosos y destacados combatientes, se apartaron de aquél y respaldaron decididamente al Che. Pero Monje, no satisfecho del resultado, se dedicó a sabotear el movimiento, interceptando en La Paz a militantes comunistas bien entrenados que iban a unirse a las guerrillas. Estos hechos demuestran cómo existen en las filas revolucionarias hombres bien dotados de todas las condiciones necesarias para la lucha, cuyo desarrollo es criminalmente frustrado por dirigentes incapaces, charlatanes y maniobreros.

Che fue hombre al que nunca le interesaron personalmente cargos, mandos ni honores, pero estaba firmemente convencido de que en la lucha revolucionara guerrillera —fundamental forma de acción para la liberación de los pueblos de América Latina, partiendo de la situación económica, política y social de casi todos los países latinoamericanos— el mando militar y político de la guerrilla debía estar unificado y que la lucha sólo podía ser dirigida desde la guerrilla y no desde cómodas y burocráticas oficinas urbanas. Y en este punto no estaba dispuesto a transigir, ni a entregarle a un inexperto seso-hueco de estrechas miras chovinistas el mando de un núcleo guerrillero destinado a desenvolver en su ulterior desarrollo una lucha de amplia dimensión en América del Sur. Che consideraba que ese chovinismo, que muchas veces infecta a los propios elementos revolucionarios de los diversos países de América Latina, debía ser combatido como un sentimiento reaccionario ridículo y estéril. “Que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario —dijo en su mensaje a la Tricontinental—... la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad, de tal modo que morir bajo las enseñas de Vietnam, de Venezuela, de Guatemala, de Laos, de Guinea, de Colombia, de Bolivia..., para citar sólo los escenarios actuales de la lucha armada, sea igualmente gloriosa y deseable para un americano, un asiático, un africano, y aún, un europeo. Cada gota de sangre derramada en un territorio bajo cuya bandera no se ha nacido, es experiencia que recoge quien sobrevive para aplicarla luego a la lucha por la liberación de su lugar de origen. Y cada pueblo que se libere es una fase de la batalla por la liberación del propio pueblo que se ha ganado”.

Che pensaba igualmente que en el destacamento guerrillero participasen combatientes de distintos países latinoamericanos y que la guerrilla en Bolivia fuese escuela de revolucionarios que harían su aprendizaje en los combates. A su lado quiso tener para ayudarlo en esa tarea, junto a los bolivianos, un pequeño núcleo de guerrilleros con experiencia, que habían sido casi todos compañeros suyos en la Sierra Maestra, durante la lucha revolucionaria en Cuba, cuya capacidad, valor y espíritu de sacrificio conocía. De esos hombres ninguno vaciló en responder a su solicitud, ninguno lo abandonó y ninguno se rindió.

Che actuó en su campaña de Bolivia con el tesón, la maestría, el estoicismo y la ejemplar actitud que eran proverbiales en él. Puede decirse que impregnado de la importancia de la misión que se había asignado a sí mismo, procedió en todo instante con un espíritu de responsabilidad irreprochable. En aquellas ocasiones en que la guerrilla cometía algún descuido, se apresuraba en advertirlo y enmendarlo, consignándolo en su Diario.

Factores adversos se combinaron increíblemente en su contra. La separación —que debía ser por unos breves días— de una parte de la guerrilla, donde se encontraba un grupo valioso de hombres, algunos de ellos enfermos o convalecientes, al perderse el contacto entre ambos en un terreno sumamente accidentado, se prolongó durante interminables meses, que ocuparon el esfuerzo de Che en su búsqueda. En ese período el asma —una dolencia que solía dominar fácilmente con sencillos medicamentos, pero que faltando éstos se convertía para él en un terrible enemigo— lo atacó despiadadamente, deviniendo esto en un problema serio por el hecho de que las medicinas que previsoriamente había acumulado para la guerrilla fueron descubiertas y ocupadas por el enemigo. Este hecho, unido al aniquilamiento a fines de agosto de la parte de la guerrilla con la que había perdido el contacto, fueron factores que gravitaron considerablemente en el desarrollo de los acontecimientos. Pero Che, con voluntad de acero, se sobrepuso al malestar físico y en ningún instante su acción aminoró, ni decayó su ánimo.

Fueron numerosos sus contactos con los campesinos bolivianos. El carácter de éstos, sumamente desconfiados y cautelosos, no podía sorprender al Che, que conocía perfectamente bien su mentalidad por haberlos tratado en otras ocasiones, y sabía que para ganarlos a su causa se requería una labor prolongada, ardua y paciente, pero no albergaba ninguna duda de que a la larga lo obtendría.

Si se sigue con cuidado el hilo de los acontecimientos se verá que aun cuando el número de hombres con que contaba en el mes de septiembre, algunas semanas antes de su muerte, era muy reducido, todavía la guerrilla mantenía su capacidad de desarrollo y algunos cuadros bolivianos, como los hermanos Inti y Coco Peredo, se iban ya destacando con magníficas perspectivas de jefes. Fue la emboscada de Higueras, única acción exitosa del ejército contra el destacamento que mandaba el Che, matándole la vanguardia e hiriéndole varios hombres más en pleno día, cuando se trasladaban a una zona campesina de mayor desarrollo político —objetivo este que no aparece consignado en el Diario, pero que se sabe por los sobrevivientes—, lo que les creó una situación insuperable. Ese avance de día por la misma ruta que venían siguiendo durante varias jornadas en inevitablemente amplio contacto con los moradores de aquella zona que cruzaban por primera vez, y la obvia certeza de que el ejército debería interceptarlos en algún punto, era sin duda peligroso. Pero el Che, plenamente consciente de esto, decidió correr el riesgo para ayudar al médico que venía en muy mal estado físico.

El día anterior a la emboscada, escribe: “Llegamos a Pujio, pero allí había gente que nos había visto abajo el día anterior, vale decir: estamos siendo previstos por Radio Bemba...” “El caminar en mulo se hace peligroso, pero trato que el médico vaya lo mejor posible pues viene muy débil”.

Al día siguiente escribió: “A las 13 salió la vanguardia para tratar de llegar a Jagüey y allí tomar una decisión sobre las mulas y el médico”. Es decir, buscaba una solución para el enfermo, a fin de abandonar aquella ruta y tomar las precauciones necesarias. Pero aquella misma tarde, antes de que la vanguardia llegara a Jagüey se produjo la fatal emboscada que llevó al destacamento a una situación insostenible.

Días después, cercado en la quebrada del Yuro, libró su último combate.

Impresiona profundamente la proeza realizada por este puñado de revolucionarios. La sola lucha contra la naturaleza hostil en que desenvolvían su acción constituye una insuperable página de heroísmo. Nunca en la historia un número tan reducido de hombres emprendió una tarea tan gigantesca. La fe y la convicción absoluta en que la inmensa capacidad revolucionaria de los pueblos de América Latina podía ser despertada, la confianza en sí mismo y la decisión con que se entregaron a ese objetivo, nos da la justa dimensión de estos hombres.

Che dijo un día a los guerrilleros en Bolivia: “Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana, pero también nos permite graduarnos de hombres; los que no puedan alcanzar ninguno de estos dos estadíos deben decirlo y dejar la lucha”.

Los que con él lucharon hasta el final se hicieron acreedores a estos honrosos calificativos. Ellos simbolizan el tipo de revolucionarios y de hombres a quienes la historia en esta hora convoca para una tarea verdaderamente dura y difícil: la transformación revolucionaria de América Latina.

El enemigo que enfrentaron los próceres de la primera lucha por la independencia, era un poder colonial decadente. Los revolucionarios de hoy tienen por enemigo al baluarte más poderoso del campo imperialista, equipado con la técnica y la industria más moderna. Ese enemigo no sólo organizó y equipó de nuevo un ejército en Bolivia, donde el pueblo había destruido la anterior fuerza militar represiva y le brindó inmediatamente el auxilio de sus armas y asistentes militares para la lucha contra la guerrilla, sino que brinda su aporte militar y técnico en la misma medida a todas las fuerzas represivas de este continente. Y cuando no bastan esas medidas, interviene directamente con sus tropas, como hizo en Santo Domingo.

Para luchar contra ese enemigo se requiere el tipo de revolucionarios y de hombres de que habló el Che. Sin ese tipo de revolucionarios y de hombres, dispuestos a hacer lo que ellos hicieron; sin el ánimo de enfrentarse a enormes obstáculos que ellos tuvieron; sin la decisión de morir que a ellos los acompañó en todo instante; sin la convicción profunda de la justicia de su causa y la fe inconmovible en la fuerza invencible de los pueblos que ellos albergaron, frente a un poder como el imperialismo yanqui, cuyos recursos militares, técnicos y económicos, se hacen sentir en todo el mundo, la liberación de los pueblos de este continente no sería alcanzada.

El propio pueblo norteamericano, que empieza a tomar conciencia de que la monstruosa superestructura política que rige su país no es ya hace mucho rato la idílica república burguesa que sus fundadores establecieron hace casi doscientos años, está sufriendo en un grado cada vez más alto la barbarie moral de un sistema irracional, enajenante, deshumanizado y brutal, que cobra en el pueblo norteamericano cada vez más víctimas de sus guerras agresivas, sus crímenes políticos, sus aberraciones raciales, su mezquina jerarquización del ser humano y el repugnante derroche de recursos económicos, científicos y humanos de su desmesurado aparato militar, reaccionario y represivo, en medio de un mundo en sus tres cuartas partes subdesarrollado y hambriento.

Pero sólo la transformación revolucionaria de América Latina permitiría al pueblo de Estados Unidos ajustar sus propias cuentas con ese mismo imperialismo, a la vez que en la misma medida la lucha creciente del pueblo norteamericano contra la política imperialista podría convertirlo en aliado decisivo del movimiento revolucionario en América Latina.

Y si esta parte del hemisferio no sufre una profunda transformación revolucionaria, la enorme diferencia y desequilibrio que se produjo a principios de este siglo entre la pujante nación que se industrializaba rápidamente, al mismo paso que marchaba por la propia ley de su dinámica social y económica hacia cumbres imperiales, y el haz de países débiles y estancados, sometidos a la coyunda de oligarquías feudales y sus ejércitos reaccionarios, en el balcanizado resto del continente americano, será apenas un pálido reflejo no ya del enorme desnivel actual en la economía, en la ciencia y en la técnica, sino del espantoso desequilibrio que, a pasos cada vez más acelerados, en veinte años más, la superestructura imperialista impondrá a los pueblos de América Latina.

Por ese camino estamos llamados a ser cada vez más pobres, más débiles, más dependientes y más esclavos de ese imperialismo. Esta sombría perspectiva afecta en grado igual a los pueblos subdesarrollados de <199>frica y Asia.

Si las naciones industrializadas e instruidas de Europa, con su Mercado Común y sus instituciones científicas supranacionales, se inquietan ante las posibilidades de quedarse rezagadas y contemplan con temor la perspectiva de convertirse en colonias económicas del imperialismo yanqui, ¿qué le depara el futuro a los pueblos de América Latina?

Si frente al cuadro de esta situación real e incuestionable, que decisivamente afecta al destino de nuestros pueblos, algún liberal o reformista burgués, o seudorrevolucionario charlatán, incapaz de la acción, tiene una respuesta que no sea una profunda y urgente transformación revolucionaria que pueda hacer acopio de todas las fuerzas morales, materiales y humanas de esta parte del mundo y lanzarlas hacia adelante, para recuperar el atraso económico y científico-técnico de siglos, cada vez mayor, con el mundo industrializado, del que somos tributarios y lo seremos cada vez más, y en especial de Estados Unidos; y además de la fórmula, el camino mágico de llevarla a cabo, diferente a la concebida por el Che, que barra oligarquías, déspotas, politicastros, es decir: criados, y a monopolios yanquis, es decir: amos, y lo haga con toda la urgencia que las circunstancias requieren, que levante entonces la mano para impugnar al Che.

Como realmente ninguno tiene respuesta honrada ni acción consecuente que implique una esperanza real a los casi 300 millones de seres humanos que componen la población de América Latina, desoladoramente pobres en su abrumadora mayoría, que serán 600 millones a la vuelta de 25 años, y que tienen derecho a la vida material, la cultura y la civilización, entonces lo más decoroso sería el silencio ante el gesto del Che y los que con él cayeron defendiendo sus ideas con coraje, porque la hazaña que este puñado de hombres realizó, guiados por el noble ideal de redimir un continente, quedará como la prueba más alta de lo que pueden la voluntad, el heroísmo y la grandeza humanas. Ejemplo que iluminará las conciencias y presidirá la lucha de los pueblos de América Latina, porque el grito heroico del Che llegará hasta el oído receptivo de los pobres y explotados por los que él dio su vida, y muchos brazos se tenderán para empuñar las armas y conquistar su definitiva liberación.

El 7 de octubre escribió el Che sus últimas líneas. Al día siguiente, a las 13 horas, en una estrecha quebrada donde se proponía esperar la noche para romper el cerco, una numerosa tropa enemiga hizo contacto con ellos. El reducido grupo de hombres que componían en esa fecha el destacamento, combatió heroicamente hasta el anochecer desde posiciones individuales ubicadas en el lecho de la quebrada y en los bordes superiores de la misma contra la masa de soldados que los rodeaban y atacaban. No hay ningún sobreviviente de los que combatieron en las posiciones más próximas al Che. Como junto a él estaban el médico, cuyo grave estado de salud se ha señalado antes y un guerrillero peruano también en muy malas condiciones físicas, todo parece indicar que el Che hizo el máximo para proteger la retirada a lugar más seguro, de esos compañeros, hasta caer herido. El médico no fue muerto en ese mismo combate, sino varios días más tarde, en un punto no distante de la quebrada del Yuro. Lo abrupto del terreno rocoso e irregular hacía muy difícil y a veces imposible el contacto visual de los guerrilleros entre sí. Los que defendían la posición por la otra entrada de la quebrada a varios cientos de metros del Che, entre ellos Inti Peredo, resistieron el ataque hasta el oscurecer en que lograron despegarse del enemigo y dirigirse hacia el punto previamente acordado de concentración.

Se ha podido precisar que el Che estuvo combatiendo herido hasta que el cañón de su fusil M-2 fue destruido por un disparo, inutilizándolo totalmente. La pistola que portaba estaba sin “magazine”. Estas increíbles circunstancias explican que lo hubiesen podido capturar vivo. Las heridas de las piernas le impedían caminar sin ayuda, pero no eran mortales.

Trasladado al pueblo de Higueras permaneció con vida alrededor de 24 horas. Se negó a discutir una sola palabra con sus captores, y un oficial embriagado que intentó vejarlo recibió una bofetada en pleno rostro.

Reunidos en La Paz, Barrientos, Ovando y otros altos jefes militares, tomaron fríamente la decisión de asesinarlo. Son conocidos los detalles de la forma en que procedieron a cumplir el alevoso acuerdo en la escuela del pueblo de Higueras. El mayor Miguel Ayoroa y el coronel Andrés Selnich, rangers entrenados por los yanquis, instruyeron al sub-oficial Mario Terán para que procediera al asesinato. Cuando éste, completamente embriagado, penetró en el recinto, Che —que había escuchado los disparos con que acababan de ultimar a un guerrillero boliviano y otro peruano— viendo que el verdugo vacilaba le dijo con entereza: “¡Dispare! ¡No tenga miedo!” Éste se retiró, y de nuevo fue necesario que los superiores Ayoroa y Selnich le repitieran la orden, que procedió a cumplir, disparándole de la cintura hacia abajo una ráfaga del metralleta. Ya había sido dada la versión de que el Che había muerto varias horas después del combate y por eso los ejecutores tenían instrucciones de no disparar sobre el pecho ni la cabeza, para no producir heridas fulminantes. Esto prolongó cruelmente la agonía del Che, hasta que un sargento —también ebrio— con un disparo de pistola en el costado izquierdo lo remató. Tal proceder contrasta brutalmente con el respeto del Che, sin un sola excepción, hacia la vida de los numerosos oficiales y soldados del ejército boliviano que hizo prisioneros.

Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tienen que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba.

La forma en que llegó a nuestras manos este Diario no puede ser ahora divulgada; baste decir que fue sin mediar remuneración económica alguna. Contiene todas las notas que escribió desde el 7 de noviembre de 1966, día en que el Che llegó a Ñancahuazú, hasta el 7 de octubre de 1967, vísperas del combate de la quebrada del Yuro. Faltan sólo unas pocas páginas que no han llegado todavía a nuestro poder, pero que por corresponder a fechas en que no tuvieron lugar hechos de importancia, no altera en absoluto el contenido del mismo.

Aunque el documento por sí mismo no ofrecía la menor duda acerca de su autenticidad, todas las copias fotostáticas fueron sometidas a un riguroso examen a fin de comprobar no sólo dicha autenticidad sino incluso cualquier posible alteración, por pequeña que fuese. Los datos fueron además cotejados con el Diario de unos de los guerrilleros sobrevivientes, coincidiendo ambos documentos en todos los aspectos. El testimonio pormenorizado de los demás guerrilleros sobrevivientes que fueron testigos de cada uno de los acontecimientos, contribuyó asimismo a la comprobación. Se llegó a la más absoluta certeza de que todas las fotografías eran copia fiel del Diario del Che.

Constituyó una fatigosa tarea desentrañar la letra pequeña y difícil de la escritura, lo que se realizó con la participación laboriosa de su compañera Aleida March de Guevara.

El Diario será publicado en forma aproximadamente simultánea en: Francia, por Editorial Francois Maspero; Italia, Editorial Feltrinelli; RFA, Trikont Verlag; EUA, Revista Ramparts; Francia, en español, Ediciones Ruedo Ibérico; Chile, Revista Punto Final; México, Editorial Siglo XXI; y en otros países.

¡Hasta la victoria siempre!

Fidel Castro

envio ruben vedovaldi

Por lobogabriel - 10 de Mayo, 2008, 8:10, Categoría: prologos
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jose tallarico sobre libro de rolando revagliatti

YO TAMBIÉN LEO Y ESCRIBO (1)

 

 

Cuando en “Una noche con Hamlet”, Vladimir Holan -aquel estupendo poeta checo- dice: -Veo un hombre y lloro, Revagliatti -mediante un imaginario contrapunto- lo reconvendría: -Donde ponemos la agonía/ algo/ no cabe (página ).

 

Ha de constar que no soy un experto en la obra de  Rolando Revagliatti y todo aquello que desde “su acá” hasta “mi acá” suceda y se transcriba, deberá ser entendido en función de un aprovechamiento activo de su escritura y de un diálogo donde prevalecerán la indagación y el intento de resaltar algunos tópicos.

A fines de los ‘80 llegó a mis manos la primera edición de estas “Obras completas en verso hasta acá”, de Ediciones Filofalsía. Recuerdo la dificultad que me plantearon dichos textos. No podía con ellos. ¿Qué buscará este señor?, me dije, yo, frecuentador de poetas argentinos de las décadas de los ‘40 y ‘50 y por ende, acostumbrado a una poesía en la que predomina en mayor o menor medida el sesgo surrealista. Por otra parte, tenía bien leídos a Girri, a Giannuzzi, a Gelman, a Olga Orozco, a Pizarnik y sabía que los poetas jóvenes solían encolumnarse detrás de estos nombres.

Ya el título de uno de los poemas de Revagliatti me resultó extraño: “Los papás queman”: una joda, a éste le sobra la plata,  pensé.

Sin embargo, el apellido del poeta aparecía aquí y allá: en revistas de poesía, en publicaciones que llegaban del interior del país, se lo veía en algunas antologías: sus textos circulaban.

Sé que no es infrecuente que la obra de un autor se muestre  refractaria a  las primeras lecturas,  le pasa a mucha gente.

Cuando conocí a Revagliatti en su ciclo de poesía “Julio Huasi”, en el año 2001, me encontré con un hombre serio pero cordial, de trato amable y muy respetuoso con los poetas convocados.  El suyo fue uno de los ciclos que más me entusiasmó. Llamaba  la atención su forma de recitar: teatral, su gestualización era seca y controlada, con una tensa apoyatura en el silabeo de algunas palabras, y un tono que se sostenía y regulaba mediante pausas inesperadas: al margen de su pintoresquismo, se trataba de un sujeto fogueado en el arte de leer en público.

Intercambiamos sendos libros esa noche y a partir de una nueva lectura (me había obsequiado su poemario Tomavistas), comprendí que existía otro modo, por demás válido, de relacionarse con el fenómeno de la poesía.

 

Si la  poesía y la narrativa respondieran a parámetros equivalentes, yo propondría este subtítulo para las OC de Rolando: novela de iniciación.
Es que, precisamente, y en tanto relato, se han puesto en marcha fragmentos de una historia personal, se ha establecido un diálogo con padres, novias, abuela, maestras, se han recorrido los espacios y las modas que cifraron un aprendizaje y una pertenencia adolescente. Pero el tema excluyente es el de las relaciones humanas.
¿Cuánto de seducción habrá en esta escritura? Por lo pronto, no la habitual, no la conocida y devaluada; y, desde luego, no parece casual la insistencia de su autor por licuar cualquier mirada complaciente. Dentro de un esquema donde el chiste, la ocurrencia y lo caricaturesco se despliegan con desigual fortuna,  y más allá de los procedimientos que, consciente o inconscientemente,  Revagliatti hubiere incorporado, una sombra deseada sobrevuela sus textos: la del lector estupefacto. (“Un globo ocular estupefacto”, así concluye uno de los poemas, pág. .)

 

 

Cuando yo medio no existía/  yo era demasiado yo/ para mí solo (página ).

He aquí uno de los primeros indicios del programa de apertura que Rolando eligió para su obra. Programa  que se fue consolidando a través de una práctica minuciosa y consecuente. Gran difusor de publicaciones propias y ajenas mediante el correo postal en épocas en que no había Internet,  presentó espectáculos teatrales en base a textos poéticos, coordinó ciclos, eventos de poesía, talleres literarios,  y desde el año 2005 tiene un sitio en la web.
A propósito, hay más de 2000 páginas del buscador Google donde recabar información sobre su obra.
Aquel abundante yo del fragmento arriba citado debía hacerse carne.
A esta altura, muchos de quienes lo conocen deben tener una sensación similar a la mía: me resulta difícil prescindir del recuerdo de sus recitados cuando comienzo a leer sus textos. El oído, impregnado de las modulaciones de su voz,  parece asociarse con una suerte de deja vù poético;  me sucede incluso con poemas que jamás le escuché.
Todo apunta a la vitalidad en la poesía de Rolando.

 

 

Inmanencia es una divinidad terrestre que inventé hace un tiempo,  y a quien imaginé dispensadora de dones especiales, como  las delicias del amor, las peripecias conyugales, las temperaturas agradables, la saciedad, los juegos..., es decir, eso que en tanto Diosa le competería. ¿No la han visto atravesar descalza los jardines de la casa de Rolando? ¿No se percataron que charlaba con Nicolás Olivari, con César Vallejo (ni una lágrima en ellos) y con un Oliverio des-solemnizado hasta los tuétanos? Inmanencia,  la Diosa,  hacía su trabajo.
Y el poeta, por su parte, espigaba unas líneas a su  amada:
“Seguirla”:  Se refugió la perinola de tus pretensiones/ en el cuchitril de mi indolencia/ halló la calefacción exigua/ que dejaba en la almohada mi cabeza//

Me arrojé a mis brazos/ cuando supe en lo hondo/ que maltrecha y dormida me esperabas/ para seguirla/ todavía (pág. ).

 

No tocamos una cuestión menor cuando, remitiéndonos a algunos conceptos de Harold Bloom, pretendemos señalar   precursores en la poética de Rolando Revagliatti.
¿De qué se apropia nuestro poeta, qué rechaza, en qué medida la tradición deposita una antorcha en sus manos para que su poesía avive o desmerezca el fuego?
Olivari, Vallejo, Huasi, Girondo, no conforman una línea de cuatro impasable y, sin embargo, defenderían  buena parte de la forma expresiva que eligió Rolando (eligió, en este caso, vale tanto como decir  fue elegido).
Decíamos de aquel jardín despojado de los lamentos de  Olivari y Vallejo, lugar donde  Girondo no pudo ser solemne: ellos donaban familiaridad,  materia vinculante.
Rolando, desde una absoluta inmanencia, ha capturado ciertos datos, ciertos significantes de estos inolvidables poetas, aunque en un aspecto tan particular que las conciencias desgarradas de Vallejo, Huasi y Olivari no vuelven  recicladas, infladas de sí. La problemática es distinta, el drama, otro. Drama que a partir del título delimita un “hasta acá”, como dando a conocer el campo operativo de sus conjuros poéticos.
Hablo de una riqueza desplegada en estas OC.

 

Mediante la vena amatoria, Revagliatti ensancha su registro desde lo que podríamos llamar su orilla más  convencional hasta su ampulosidad más fervorosa. Subordinado al discurso coloquial (peripecial y/o lúdico)  el tema del amor frecuenta su poesía, particularmente en las secciones “El fotógrafo cargado” y “Espasmitos espantosos” :
“Como”: Qué bueno que el amor/ se imponga en el poema/ qué bueno que qué bueno/ yo te poemo como te amo/ te poamo (pág. ).

“¿Tropezón?” (estrofa final): No me embauqués/ cuando no sea tu propósito hacerlo/ desprestigiáme de a poco/ ante mí/ prestigiáme de golpe/ tropezáte conmigo una vez/ que después siempre (pág. ).

 

Veamos qué dice Rolando de su poesía:

-“Aun esmerándome no me imagino alcanzando una abarcadora definición de mi poesía. Sé que abunda el sarcasmo, la ironía, el humor falsamente ingenuo, la burla, el trastrocamiento. Sé también que escribí textos donde esto no aflora. Reconozco que me agrada “ponerme en peligro”, literariamente hablando. Acaso atormentado por el espectro de la mediocridad, de esa amenaza, de ese horror. Más vale morir inventando que seguir perdurando en la repetición. Más vale chillar en procura de alguna armonía disparatada que albergar el conformismo del gimoteo” (texto extraído del sitio Mis poetas contemporáneos de Gustavo Tisocco).(2)

 

-“...más que la anécdota propiamente dicha, me inclino por el cómo los personajes transitan por sus pasarelas. Les cuento también lo que me sucede con los noticieros televisivos: me extasío escudriñando, no tanto el cebo de la noticia sino los gestos de los involucrados y la dicción de locutor, o las personas que aparecen por detrás de lo que es principal en las imágenes” (texto extraído de Revista Teína, abril-junio de 2004).(3)

 

¿Elegir o ser elegido por la expresión? A las propensiones, las construcciones, dice Rolando, pero esas construcciones:
¿cuánto de innato aportan, con cuánto de lectura se levantan?
La forma, de la que apenas pueden consignarse  implicancias ligeras,  hebras finas, ¿cómo estructura su secreto?
¿No estaremos rumiando una pregunta inacabable? ¿El balbuceo, el ingenio, el artefacto de Nicanor Parra?
¿Dónde las proporciones? ¿No hay en estos poemas algo que podríamos llamar marcas de arranque, algo arrebatado que busca definir, decirlo todo, porque todo parece que hirviera? (Y ahí está la palabra, como una  pinza de entomólogo, al acecho.) Pero además: ¿cómo  creer en originalidades a esta altura de los tiempos?

 

 

“Obras completas en verso hasta acá” está constituído por 4 secciones, a saber: “Los papás queman”, “El fotógrafo cargado”, “Espasmitos espantosos” y “El cirujano poetón”.

 

En “Los papás queman” se perfila una época (los ‘50 y ‘60), las tiendas Harrod’s y su descripción enumerativa, los paseos familiares,  las preferencias infanto-juveniles, la consolidación de la sexualidad (complejo de Edipo mediante, ineludible), las posibilidades de nombrar la nostalgia (con no poca crudeza). El título de este capítulo, codificado por mi burdo intento de dilucidación personal, sería: “Los papás cogen”.
Pero hay joyitas como esta:
Diana Dors/ acerca sus tetas de nácar/ a mi sopa/ ¡Yeeeeeah!... Diana (pág.).

 

“El fotógrafo cargado” alude a un extraño personaje en el poema inicial e inmediatamente comienzan a aparecer los nombres de unas señoritas de linaje vario. Ahh, las pasarelas del ojo poético…, niñas: esplendorosas como Constanza, inconsecuentes como Ana, instantáneas como Nora, anheladas como Eliana M. Cada una con su estereotipo, configuradas por un decir que las vive y reinventa.

…toda que es toda/ que si usted no la ama ni la  deja/

es que ni la critica/ es que ni es/ usted/

y ella sí/ ella es toda.

                                  (fragmento de “Constanza”, pág. )

 

 

De “Espasmitos espantosos” habíamos adelantado algo.  En este bloque de hacer el amor se trata. (El yo poético, fuertemente presentificado,  no iba a perderse tamaña oportunidad, esa “graaan aventura”, como reza uno de los poemas.)

Transcribo una curiosidad gramatical donde con eficacia se enlazan 6 verbos consecutivos:

...me toca saludarte/ emocionarte/ dejarte haciendo que te vayas.

 

La serie “El cirujano poetón”  que cierra el volumen, a diferencia de las anteriores, ofrece una diversidad temática. Destaco especialmente “La musa merodeadora” y “A la nostalgia”, poemas donde lo poético logra una  fuerte impronta existencial.

Otros textos apuntan a desestructurar el sentido  con un trabajo directo sobre  el lenguaje tal como se ve en “La dexyuprilora” y “Cirú”. El extenso y arrollador poema surrealista “Mil novecientas ochenta y cuatro” responde a esta última propuesta.

 

Finalmente, intentaré señalar algunas características de la poética que Rolando emplea en este libro, y que a lo largo de su amplia trayectoria fuera templando y complejizando.

Es común que inicie los primeros versos con un arranque inesperado, con un espacio que predispone a la tensión (una gran fuerza centrífuga, diría la escritora Lucila Févola). Cito como ejemplos:  “¡Ay! me tildo/ me reviso...” o, “Recórcholis y Albricias...” o, “Esa mujer es un tugurio”.

Otro procedimiento es el de cruzar los textos  con datos de la mitología clásica o popular, o utilizar recortes de la refranesca  a través de alguna variante de desmonte, con el propósito de alterar el significado tradicional: “Los papás queman porque amanecen más temprano”, “¡Qué lleno de mujeres era mi valle!”, “Una se malogró en plena senectud”.

De este modo se llega al suceso humorístico, desplegando a veces la figura del antihéroe, o la del distraído , incluso  la del energúmeno atrapado en su anomia social. Parodiar es otra de las más caras tentaciones de Rolando: “llegué a apostar que me querías”, dice en su poema “La abuelita”.

Quedan a consideración del lector especializado algunos guiños vinculados con el psicoanálisis, disciplina que nuestro poeta ejerce desde hace un buen tiempo.

Macedonio Fernández,  hablando de sus autores predilectos,  confesaba: “Sólo Quevedo me mantiene despierto”.(4)

Revagliatti no busca con-moverte, estimado lector (al menos desde el presupuesto de lo que debería ofrecer un   poema), tampoco se le ocurriría ir a tocar tus fibras íntimas. Como has podido ver, sus Obras Completas te han provisto de un material nervioso, generoso y vital. Algo de luz para tu insomnio. 

 

 

 

                                                 José Emilio Tallarico

                                      Buenos Aires, noviembre de 2006

 

 

 

(1)          Alusión a “Leo y escribo”, de R.R., Ed. Recitador Argentino, Bs. As. , 2002.

(2)          http://mispoetascontemporaneos.blogspot.com

(3)          http://www.revistateina.com

(4)          Extraído de una entrevista que junto a Pablo Gisone hiciéramos a Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio,  en el invierno de 1988, y que fuera publicada en el número 5 de la revista de literatura “Tamaño Oficio”.

 

Por lobogabriel - 27 de Noviembre, 2007, 8:37, Categoría: prologos
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Teresa del Valle Drube Leumann, sobre libro de Sergio Benitez

Sergio Gabriel Benítez,“Son del Mundo

Editorial: Trascendernoa

Publicado: Setiembre 2007

Páginas: 80

 

         El vehemente deseo de plasmar en una página los sentimientos que nos abrigan o acosan el alma, ya sea como versos o como prosas, es algo que nace de lo más profundo de nuestra existencia, llevándonos a ensayar la literatura en cualquier momento de la vida por la que transcurrimos, cada uno de los individuos que conformamos la raza humana.

         No existe otro ser vivo capaz de expresar lo que siente de tantas maneras distintas como lo hace este milagro llamado hombre. Entre todas estas formas hay una que se destaca por la magia de su expresión, por hacer que el universo se tiña con otra luz a su influjo, por mirar la vida con otros ojos y vibrar con otras ondas: la poesía.

         ¿Quién no escribió alguna vez un poema contando sus penas, sus dolores, su amor, sus alegrías, sintiendo que era una forma de expresión que le llegaba a llenar el alma, a restañar sus heridas, a hacer más profundas sus emociones?

         Y Sergio Gabriel sintió ese llamado y transitó por la senda de la creación, dando nueva forma a lo que veía, cubriendo con otra mirada lo que lo rodeaba y lo llamó SON DEL MUNDO.

         Y encuentro un juego de palabras en este nombre: SON DEL MUNDO.  ¿Se refiere el autor a los sonidos musicales del mundo, a los sones? ¿O talvez nos dice que pertenecen a este mundo nuestro, tan dolido y doliente?

         Me agrada la intriga y puedo pensar estos versos de las dos maneras en que se me presentan: cual un alegre son al hablar de amor: Si me pudieras sentir.

 

Si como el aire, / me pudiera transportar. 

Si como las aves en cambio de estación, / te pudiera traer.

Si como las lágrimas que corren, / lograra llegar hasta tu boca. / Si como la voz más bella,

acompañada en una melodía / que llega al alma,

me pudieras sentir.

 

         Como la tristeza de un canto dolido en la noche, al decir lo que le punza del mundo: La Espera

 

Ella mi ruin condena. / El desafío a lo intolerable perturba mi calma./ Perpetua es la nostalgia,

que enmarañada en mis sentidos, / goza.

Aliéntame esperanza, / que mi vida se acaba.

Enséñame el camino, / aunque sea una ilusión. Móntame en ese espacio / para no rendirme.

 

         Hay una oscuridad densa, profunda, en cada palabra que emite como un gemido.

  Me gusta este libro, a pesar de todo ese dolor que transmite. Y me gusta porque intuyo la intensa sensibilidad de este joven escritor. Sensibilidad que se manifiesta en un doloroso SON DEL MUNDO.

Por lobitogabriel - 22 de Octubre, 2007, 15:34, Categoría: prologos
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Marcelo Valko:“Los indios invisibles del Malón de la Paz”

“Los indios invisibles del Malón de la Paz” fue seleccionado por Osvaldo Bayer para iniciar la colección que lleva su nombre en la Editorial Madres de Plaza de Mayo. Cuenta con el auspicio institucional del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Bs. As. y también con un aporte del Fondo para las Artes y las Ciencias también del Gobierno de la Ciudad. Esta investigación, da cuenta del primer reclamo masivo de los indígenas argentinos, y fue escrita por Marcelo Valko, psicólogo, perteneciente a la Universidad de Buenos Aires dirige un proyecto sobre el imaginario andino. Valko ha dictado conferencias en universidades de Latinoamérica, USA y Europa.

La temática de “Los indios invisibles del Malón de la Paz” devela un episodio que había quedado en el olvido. En 1946, durante 3 meses 174 kollas del norte argentino caminaron 2000 kilómetros para denunciar  ante el entonces flamante presidente Perón, la usurpación de sus tierras. Recibieron una cobertura mediática impensable para un reclamo de esta índole, fueron tapa de diarios y revistas, fueron entrevistados por distintas radios a lo largo de camino, recibidos por el Congreso Nacional y por el presidente Perón que se abrazó con dos de ellos en el balcón de la Casa Rosada ante una Plaza de Mayo colmada. ¿Indígenas en el balcón de la Rosada? Nunca había ocurrido nada igual y jamás volvió a repetirse. Los medios adictos y opositores al gobierno, daban por sentado que la restitución de sus tierras era un hecho.

Después de esa recepción apoteótica, fueron alojados en el puerto, en el Hotel de Inmigrantes, es decir, donde se alojaba a los extranjeros recién llegados al país. En los primeros días, se los exhibió en distintos medios y eventos, hasta se les hizo disputar el partido de fútbol preliminar al Boca-River. Veinte días después, fueron militarizados, confinados, secuestrados en su totalidad y arrojados contra la frontera con Bolivia. Terminaron acusados hasta de no ser indígenas por el hecho de saber leer y escribir.Para dar por concluido el episodio, un diputado nacional  por Jujuy llamado Teodoro Saravia, a los gritos y golpeando su banca del  congreso aseguró que "en Jujuy no existen los indios ni los kollas". De esa frase proviene la inclusión del término “indios” en el título del libro.

En palabras de Osvaldo Bayer: “En este estudio Valko se pregunta: “¿Donde está el indio?” Y se responde a sí mismo: “El indio es ausencia. Aun antes de su desaparición corporal, el indio es nuestro primer desaparecido. Comienza a esfumarse en materia y palabra”. Por eso, cuando ellos llevaron a cabo “el Malón de la Paz”, “apenas aspiraban a que les permitiesen trabajar sus áridos terruños habitados por sus padres y abuelos desde un tiempo sin tiempo. Deseaban permanecer junto a las tumbas de sus ancestros. En definitiva, solicitaban lo mismo de siempre, pero esta vez estaban decididos a regresar con los títulos de propiedad de sus tierras”… En este estudio profundo del “Malón de la Paz” que nos describe Valko vamos a encontrar una lectura nueva, con pruebas contundentes, una tras otra.”

 

“Los indios invisibles del Malón de la Paz”

Marcelo Valko

Colección Osvaldo Bayer

Editorial Madres de Plaza de Mayo

editorial@madres.org

Por lobitogabriel - 16 de Agosto, 2007, 7:54, Categoría: prologos
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de alvaro ojeda, sobre "naufragios" de gustavo lespada

Reseña:

Una ocupación peligrosa

 

En el Río de la Plata entre 2000 y  2004 se sucedieron –y la enumeración es fatalmente incompleta- fines de siglo, crisis bancarias, corralitos, huidas en helicóptero, permanencias insólitas, regresos inesperados y de los otros, saqueos, alianzas increíbles de fugaz duración, alianzas fugaces de increíble duración y dolor, profundo, asqueante, ingrávido dolor, colgado del canal Bloomberg o de Crónica TV y sus titulares con marcha circense. Un poeta, o sea, un individuo que practica la peligrosa ocupación de las palabras, escribe un poemario. Algo similar había hecho Julio Cortázar, también en la orilla argentina del Río de la Plata, cuando empezó a escribir su monumental ensayo sobre el poeta romántico inglés John Keats: alejarse del mundo aparentemente, intentando connotarlo con palabras. El resultado no es una veladura de la escenografía, en este caso el río encrespado casi siempre, casi siempre barroso, el resultado es una sublimación del horror y de la poesía como registro, porque la poesía ha expresado todo o casi todo desde que el hombre la eligió como primer vehículo expresivo.

Pero volvamos al poeta practicante. Se llama Gustavo Lespada y es uruguayo aunque reside en Argentina desde hace muchos años. Ha escrito ya dos libros de poesía (Naufragio e Hilo de Ariadna) y otro de ensayos (Esa promiscua escritura), es profesor, y le ha tocado en suerte esta región a la que intenta entender desde su poética de registro aleatorio –el poema que abre el libro, Naufragio a dúo, es una especie de homenaje y paráfrasis a la tirada de dados mallarmeana) y acumulación dolorosa. También es un poeta amatorio, también es un poeta político, también es un poeta de otros poetas con los que habla y se comunica y entrelaza sus versos.

Es todo eso, y es un conciso poeta de artes poéticas permanentes, como para que el lector no olvide de qué se trata su poesía y aliente en ella, se dé aliento y lo tome, porque el poemario se denomina Naufragio y está escrito entre esas dos cifras antes enunciadas y eso ya vale como definición. Como es poeta no utiliza gratuitamente el singular, naufraga él, da testimonio de su naufragio y así, elusivamente asomarán toda las sustancias habituales en un desastre colectivo. A modo de ejemplo su poema La mano y la basura lo resume: “en la bolsa se mezclan/palomas de manzana que rozaran/las bocas con la caca del perro con/la yerba de ayer y unos escritos viejos/tachados, corregidos, pedazos de pan duro/hojas de diario, cáscaras de huevos algunos/cientos miles de granos de arroz y trozos/de lechuga oleaginosa al fondo una botella/vacía entre cartones con la borra/confunde colillas con fideos/y los restos de un pollo/en mortaja de nylon:/vestigios del hartazgo, testigos/de doméstica opulencia”.

El eje del poema está en ese verbo casi impersonal, casi al descuido, “confunde” señal enviada a sí mismo en el acto de la escritura y a los otros en la certeza de la empatía, en este siglo, en este cruce de orillas, en esta terca necedad que el poeta denuncia.

 

Álvaro Ojeda – para el Semanario Brecha, Montevideo, Uruguay.

 

Naufragio, Gustavo Lespada

Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 2005, 97 páginas

 

Por lobitogabriel - 18 de Julio, 2007, 8:54, Categoría: prologos
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ana maria intilli: a Los huesos del tiempo de Juan Aguilar

La palabra busca desnudar el cuerpo

o hacerse carne en él

 

no importa que no seas la última noche del mundo,

 no importa lo que mañana nos traigas:

 igual aceptaremos la nieve

 o el verano

 

  porque aquí descansa nadie.

Carlos López Degregori.

 

Amanece, el alba tiñe el horizonte de colores y por los sentidos se deslizan los versos, la palabra desnuda. Al fin de cuentas no es esto la poesía?

 

De ese modo percibo el poemario de Juan Macchiavelo Aguilar, cuyo título Los Huesos del Tiempo cala hondo, intenso y sin relevo para alcanzar así el alma humana.

 

Hay una intimidad que comunica. De allí la convocatoria a no dividir la obra en capítulos, sino proponerla como un continuo. Como lo es la piel de las mucosas o el aire que entra y sale de las fosas nasales, fluye propiciando la vida sin detenerse. Una propuesta lúcida y conmovedora que abre esta intimidad del ser, busca el vacío y la soledad sin desmayo. Convoca la imagen del ave que bate sus alas, incansable, tras el elixir de la vida en un sin fin de movimientos, en su afán de perpetuar la especie.

 

Estoy proponiendo esta lectura como la de una poesía clara. Con ella debemos transitar la espesura de las emociones, en la complejidad de sentidos, en la oscuridad del dolor, del clamor o del desconcierto.

 

Es a esto que nos invitan los versos. No hay sujeto, no hay lugar preciso. Es incierto el aterrizaje. El poemario no propone llevarnos de la mano, indicar el camino. Propone sí múltiples lecturas, variados acercamientos, distintas sensaciones para despertar la belleza del alma y así trascenderla. No hay un centro, ni un eje, no una órbita precisa. Es necesario profundizar la espesura, atravesar el laberinto, en intentos y búsquedas que van despertando nuestros sentidos, motivándonos, sembrando un valle nuevo, fértil y continuo.

 

La propuesta es la de un juego de espejos inclinados dando lugar a la imagen múltiple y provocadora de una sonoridad de bronce, de campana, de convocatoria al desasimiento.

 

La página en blanco motiva hasta la saciedad y por ella transita la palabra. Marca caligramas a la manera de Guillaume Apollinaire, nos muestra la desnudez del ser, descarnadamente ofrece su voz y nos inventa la vida. Entonces descubrimos que sus versos se inician al pie del poema, nos invita a recorrer la pág